Por Xavier Rivas Martínez Habitar, ser residente de una región como la de Baja California, parte de Sonora, no necesariamente es ser ciudadano. Esta aclaración nos la comparte el ingeniero César Ponce, empresario de nueva generación, con relación al desorden que tenemos en todos los municipios de Baja California con asuntos como seguridad pública, vialidades saturadas, estacionamientos insuficientes, falta de atención a parques comunitarios, zonas rurales descuidadas como el valle de Mexicali, entre muchos más retos que son resultado, además de autoridades ineficientes, de residentes que ingresamos los números más no la responsabilidad que nos corresponde para complementar a las autoridades y viceversa. Con más de tres millones de habitantes, Baja California no es un ejemplo de ciudadanos que desde el hogar y con valores familiares y éticas como era antes, hoy ni siquiera limpiamos los frentes de nuestros hogares, no tiramos la basura en su lugar, conducimos tanto autos como motocicletas en lo general sin observar los reglamentos de velocidad y de movilidad. Ni siquiera observamos un modesto saludo a nuestros vecinos, como que si viviéramos en burbujas. Esto se refleja en el desorden de nuestras ciudades provocado tanto por el ciudadano como por las autoridades. Vaya que algunas autoridades o funcionarios ponen de su parte y hacen más allá de su responsabilidad, pero en general hemos caído en un desastre social. Y qué razón tiene el ingeniero Ponce de que sólo habitamos y no observamos la responsabilidad de ser ciudadanos con obligaciones. En un contexto donde el envejecimiento de la población plantea retos cada vez más complejos para los sistemas de salud, las acciones preventivas y de atención directa adquieren un valor estratégico. En el estado de Baja California, encabezado por Marina del Pilar Ávila Olmeda, el programa de cirugías gratuitas de cataratas ha permitido que más de 4 mil 400 personas adultas mayores recuperen la vista durante la actual administración estatal, un dato que no debe pasar desapercibido. Nada de esto es nuevo. Los filósofos de la antigüedad, hace más de dos mil años, habían manejado estos temas considerados precisamente como los aspectos fundamentales de la existencia humana. Las emociones mal manejadas nos echan a perder nuestra paz y armonía, aunque aparentemente tengamos todo para ser felices. El olvido de los valores fundamentales destruye sociedades lentamente y sin remedio. “Me hicieron enojar”, “me muero si me dejas”, “me deprimí porque me ganaron el puesto” son palabras y frases que forman parte de nuestra relación con el mundo y muestran que dependemos en gran medida de circunstancias ajenas y de múltiples prejuicios para estar tranquilos y en paz. Si bien es cierto que es humano tener miedo a la muerte, a la enfermedad y a la pobreza, hay otros miedos irracionales y tontos que sólo nos hacen perder el valioso tiempo de la vida. Actualmente estamos viviendo una época que quizás sea el fin de un ciclo y el principio de una nueva era. Los cambios son vertiginosos y la fragmentación social, las guerras y la propia decadencia de las culturas son motivos suficientes para sentir temor. Vivir con miedo es lo cotidiano y no debería serlo. El miedo, además del daño individual, provoca que actuemos poco y se manifieste en una pobre conciencia social que raya en la irresponsabilidad, olvidando que precisamente es en esta época de cambios cuando surgen todas las posibilidades para corregir los caminos mal andados y construir y reconstruir nuestra sociedad. Necesario, urgente: ser ciudadanos, no habitantes solamente. Feliz nuevo año 2026.